Una etapa poco conocida de la vida de Antonio Sarelli: los años que se desempeñó como empleado del Departamento General de Irrigación

El Departamento General de Irrigación desarrolla en forma sostenida desde el año 2018, acciones tendientes a poner en valor y difundir el patrimonio histórico y cultural vinculado al agua. En cada paso que damos, aparece como imprescindible el rescate de la memoria, aquellos saberes y anécdotas que nos permiten comprender y en muchos casos escribir, grandes capítulos de la historia de Mendoza.

En esta ocasión esa pieza clave que nos permite hacer un viaje en el tiempo es Antonio Sarelli, uno de los grandes maestros de la pintura mendocina.

En 1960 recibe el título de Profesor de Dibujo. Su carrera es extensa y exitosa, y es ampliamente reconocido por su obra en muchos países. Hoy queremos referirnos a una etapa poco conocida de su vida y de su obra: los años que se desempeñó como empleado del Departamento General de Irrigación durante 18 años,  en el Área Hidrología, como técnico aforador y dibujante proyectista.

Imagen del legajo

Para ello debía alejarse de la ciudad hacia la localidad de Valle Hermoso y alojarse en el Refugio Putalivo. Su función consistía en la tarea intensiva de observación y envío de información relacionada al clima, las nevadas y el comportamiento de los cauces. Esta valiosa información luego era utilizada también por el Servicio Meteorológico  pues desde el refugio se operaba una antigua radio, que había sido utilizada en la Segunda Guerra Mundial, para comunicar al servicio el parte climático de la zona. 

La vista del paisaje con el que convivía

Es importante remarcar que esta misión implicaba alrededor de nueve meses de alejamiento y de escasísimo contacto con la civilización. Este trabajo, ejercido en forma continua durante muchos años, contribuyó en proyectos tales como el que estudió el desvío de los ríos Cobre y Tordillo hacia el Salado. Formó parte de la generación que marcó los inicios de la nivometría en Argentina.

Imagen antigua del refugio Putalivo

Pasaron las décadas, cambiaron los métodos y las técnicas de recabación de datos en nivología. En 1978 el maestro Sarelli  deja de ser empleado de Irrigación y se dedica a su arte. Se destacó en nuestra tierra y también es ampliamente reconocido en tierras lejanas. 

Más de 30 años después, y con motivo de explorar la utilidad que tuvo una antigua radio que atesoramos en la Biblioteca del Agua del DGI, convocamos a radioaficionados y jubilados a una reunión. Fue allí cuando el nombre de Antonio Sarelli volvió a asociarse a las sacrificadas campañas de nivometría del DGI.

Equipo de radio que utilizaba para comunicarse

En el marco de las acciones que se desarrollan en el Programa Agua patrimonio cultural de Mendoza, lo contactamos y, con la humildad de los grandes, nos recibió. No solo nos abrió las puertas de su atelier sino que compartió datos, información, anécdotas y toda la valiosa experiencia de su paso por Irrigación en general y por el Refugio Putaligo en particular.

También cómo esta experiencia influyó en su obra, allí descubrió la profundidad de la soledad. Allí pudo vivir el silencio, “el silencio total, el silencio de adentro y de afuera”. Seguramente esta experiencia que duró 18 años, se vea reflejada en su obra. Según sus propias palabras:

“…El mayor desafío de la pintura es el silencio, porque no existen palabras, ni notas. Hay una búsqueda permanente con lo más íntimo de uno mismo…”. “...Vi demasiada hermosura en la naturaleza, la gran belleza del silencio de la montaña y decidí hacer mi paisaje, vale decir, el paisaje como emoción, como un sentimiento…”

Tuvimos el honor de recibirlo nuevamente en nuestra Institución, y volvió para quedarse porque con su gran generosidad quiso que una de sus obras sea parte para siempre de nuestro patrimonio.

La obra titulada “Cacheuta” (óleo sobre tela, 1,50 por 2,00 mts, realizada en 2005)   está expuesta para que puedan disfrutarla todos quienes circulen por los pasillos de la Sede Central del Departamento General de Irrigación.

La suma de experiencia y su predisposición para compartir las anécdotas e historias que atesora en su memoria son el sustento para nombrar a Antonio Sarelli Miembro del Consejo Honorífico Asesor del Archivo Histórico del Agua en Mendoza.

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Conservamos un antiguo equipo de radio que nos transmite testimonios de nuestra memoria viva

Radioaficionados, especialistas y personal del Departamento General de Irrigación se reunieron en torno a un antiguo equipo de radio perteneciente a una serie que se fabricó y utilizó durante la segunda guerra mundial.  Un ejemplar de dicha serie aún se conserva en el DGI y a su valor histórico se le suma el de haber sido una pieza clave para los pioneros que se dedicaron a la transmisión de datos meteorológicos y medición de nieve en nuestra cordillera.

Esta convocatoria es parte de una iniciativa que busca rescatar la historia viva de la institución. El eje de la reunión fue compartir y atesorar testimonios que ayuden a reconstruir el escenario que vivieron en aquellos años quienes fueron parte de las campañas de recopilación de datos de nieve en alta montaña.

Esta antigua pieza, que aún conserva la institución, es un equipo de radio de una serie fabricada y utilizada para comunicaciones en campos de batalla. Estos equipos luego fueron vendidos y uno de ellos fue adquirido en Argentina por el Servicio Meteorológico Nacional. El organismo nacional le solicitó a Irrigación que lo mantuvieran en permanente  funcionamiento los agentes asignados en el refugio Putalivo (Valle Hermoso, Malargüe) para transmitir datos climáticos. Así fue como durante casi tres décadas los empleados de Irrigación se encargaron de la diaria tarea de envío de datos meteorológicos. Este refugio funcionó desde 1951 hasta 1978, año en que fue cerrado y tapiado.

Más de cuatro décadas después, la antigua radio está al resguardo de la Biblioteca y Archivo histórico del agua.

¿Cómo se gestó el encuentro?

Miembros del personal del DGI aficionados a la radiodifusión, movidos por el interés que despertó un antiguo equipo de radio, convocaron  a técnicos y profesionales interiorizados con la utilización de este equipo y a integrantes de: LU1MA Cuyo Radio Club  Mendoza y LU4MH  Radio Club Aconcagua Las Heras.

Algunos datos de los disertantes

La propuesta sirvió tanto para analizar  las características del equipo como para poner en contexto histórico su uso.

Los aspectos técnicos del equipo fueron impecablemente descriptos Eduardo Legay, especialista del Radio Club Mendoza aportó los datos técnicos e históricos que rodean a este equipo. Es radioaficionado desde 1964, cuando se afilió en Ituzaingó, Buenos Aires, aunque en los años ‘70 se radicó en Mendoza. Hasta su retiro del Ejército se desempeñó como especialista en comunicaciones de tierra, con lo que unió su hobby y su trabajo en una sola actividad. Un hecho destacable en su trayectoria laboral es haber integrado la primera misión argentina a la ex Yugoslavia, luego de que pasaran los embates de la guerra de los Balcanes. Eduardo fue el único radiotelegrafista de la misión de 800 argentinos que viajó y permaneció seis meses en las postrimerías del conflicto armado. Durante la Guerra de Malvinas, en tanto, ocupó un lugar clave en Tandil, Buenos Aires, ya que fue el único militar de apoyo de las comunicaciones con el resto del país. “No me dejaron ir a las islas porque Tandil quedaba incomunicado”, asegura.

El Ingeniero Agrónomo Gerardo Pereyra, un experimentado miembro de la institución que alcanzó a trabajar en este refugio, describió el rol que cumplió y cómo nacieron, gracias al trabajo que hacían en dicho refugio, las estadísticas nivométricas. El Ing. Pereyra fue desde diciembre de 1976 al 2011, profesional de Área Técnica del Departamento General de Irrigación. Desde mayo del 2005 es miembro de la Red Iberoamericana para el monitoreo y pronóstico de fenómenos hidrometeorológicos. Sigue colaborando con el DGI al haber sido designado como miembro Fundador del Consejo Honorífico Asesor del Archivo Histórico del Agua en Mendoza, en 2019. Entre sus principales actividades, podemos destacar que fue Jefe de la División Hidrología, posteriormente Departamento de Hidrología. Para esta ocasión lo importante de destacar es que la entonces División Hidrología tenía a su cargo la atención y funcionamiento del Refugio de Alta Montaña Dr. Luis Putalivo. Refugio construido para los estudios del trasvase del río Grande. Que en definitiva se convirtió en la primera estación Nivometeorológica de la provincia de Mendoza, de la cual el ing. Pereyra nos hablara.

Historia e información técnica del equipo

La Corporación Crosley de Cincinnati ,Ohio, fabricó el conjunto de radio Signal Corps SCR-284, que consistía en el BC-654 y el equipo de soporte asociado. El SCR-284 se introdujo en África durante la Operación Antorcha y fue el primer equipo de radio utilizado para las comunicaciones desde la playa con la Flota de EE. UU. para coordinar los disparos navales y las redes de radio de playa.

El equipo fue utilizado por Merrill’s Marauders mientras operaba en el teatro China-Birmania-India y en misiones detrás de las líneas japonesas en Birmania para comunicarse con el transporte aéreo y otros aviones militares, aunque algunos operadores de radio se quejaron de que era “muy ineficiente” en comparación con otros equipos de radio. y “muy difícil de generar energía”. El SCR-284 se utilizó en la Campaña de Guadalcanal para operación portátil con un generador de manivela. El transporte por caminos en mal estado en Jeep tendía a dañarlo, por lo que fue desarmado y transportado por varios hombres. El SCR-284 también se usó en la Campaña de Nueva Georgia , pero era tan pesado y propenso a sufrir daños por la humedad que a veces se olvidaba.

Se produjeron y entregaron más de 50 000 SCR-284 en apoyo de la Operación Overlord , la invasión del Día D de Normandía. El transmisor, el receptor, la unidad de potencia y los accesorios completos del SCR-284 pesaban más de 100 libras, pero podían dividirse en secciones para el transporte. El transmisor BC-654 de 45 libras fue notablemente difícil de transportar para los operadores de radio durante el combate, y se ha descrito como “aproximadamente del peso, tamaño y forma de un aire acondicionado de ventana moderno”. Finalmente, se produjeron 63.972 unidades en total. [11] Después de la guerra, muchos BC-654 se vendieron como excedentes a $15 cada uno. Hoy en día, muchos son restaurados y operados por entusiastas de la radioafición antigua. ( Extraido de: https://en.wikipedia.org/wiki/SCR-284 )

La reunión completa puede verse en: https://youtu.be/P_5iiFzGzPs

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Juan Carlos Philippens: “El hombre que dibujaba el agua”

El artista y dibujante técnico mendocino, fue uno de los encargados de embellecer las históricas tapas de revistas sobre el recurso hídrico. Integrante de un sólido equipo del Departamento General de Irrigación, que retrató sin tecnología, los trazos reales de los hermosos recorridos del agua.

Por Marina Correa

En el interior, profundos análisis escritos con máquinas de escribir, en el exterior, colores y formas que buscaban y lograban resumir con belleza, lo que cada edición de las revistas AGUA ofrecían al lector. Esas publicaciones gráficas del Departamento General de Irrigación (23 en total) que datan de 1959 a 1975, tenían fundamentalmente un autor en los atractivos dibujos de sus tapas, el artista y dibujante técnico Juan Carlos Philippens. Él, junto a un equipo de creativos y formados profesionales, constituyeron un sólido equipo, que, sin la tecnología actual, podían ofrecer desde planos a escala, con la información proporcionada por mayormente ingenieros y topógrafos, a dibujos donde la presencia del diseño gráfico y el trazo artístico se conjugaban. “Era un amante de todo lo que tuviera que ver con el agua y sus obras, un hombre mas bien callado socialmente, pero absolutamente expresivo cada vez que su lápiz tocaba un papel”, dice su esposa Martha Carrizo de Philippens, quien con un cerrar de ojos, puede verlo rodeado de pinturas y un gran tablero. Philippens, participaba en exposiciones pictóricas, trabajó por años en una agencia de publicidad diseñando avisos publicitarios para los diarios provinciales, y hasta participó en la creación de la estética de carros de la vendimia. Recordar su legado artístico, desde revistas técnicas inéditas para la época, es visualizar la belleza de los sinfines de las formas del agua en Mendoza.

Trazos de historia

En el Centro de Documentación y Patrimonio Histórico y Cultura del Agua del Departamento General de Irrigación, se atesoran las 23 ediciones de la revista “Agua”, publicaciones enmarcadas en tres grandes ejes temáticos: la lucha contra la naturaleza que debe ser dominada para superar el desierto; la racionalización administrativa y eficiencia; y el aprovechamiento del uso del agua para el progreso y el desarrollo. Esta herramienta comunicacional del DGI de carácter informativo-técnico, tiene un gran valor histórico por los artículos y noticias de la época (1959 a 1975), reflejando el acontecer en los distintos procesos de la distribución y gestión del recurso hídrico del momento, y es valiosa también, por el arte y diseño de sus tapas. “Lo primero que se observa al verlas es que quien las realizó, fue una persona atenta a lo que sucedía en el mundo en materia de diseño gráfico, si bien hay una diferencia de años entre el origen de las tendencias y la aplicación, circunscrito a Mendoza en los años de realización es muy valioso.

Los dibujos están impresos en la serigrafía artesanal de la época, donde al tacto se detecta la tinta, pero se pueden observar son dibujos hechos a mano alzada. Sí es muy claro, que el poder de síntesis conceptual del creador, es por un conocimiento profundo del tema, en este caso la administración del recurso hídrico. Apenas vi las tapas, me imaginé una persona que conocía con precisión sobre la irrigación del agua, vi un conocimiento artístico y técnico, incluso un dominio del dibujo en escala”, dice Edgardo Ventura Castro, Diseñador Gráfico.

“Lo recuerdo muy bien a Philippens, alto, callado, muy concentrado en su gran tablero de dibujo. Él era parte de un equipo de dibujantes que tenía el Departamento General de Irrigación, en épocas donde la tecnología era ciencia ficción aún. Tengo que mencionarlos a la mayoría de esa década entre los 70 y 80, como Jorge Olguín Boragina (el Jefe de Dibujo), Bernardo Lucas, Haydee Gatica de Ibáñez (la primera mujer dibujante técnica que tuvo el DGI), Antonio Bonadé y Mario Comellas; luego siguieron muchos más pero me circunscribo a ese período con temor de olvidar a alguno. Algo que tengo muy presente es el momento de establecer ese vínculo, entre los datos que nosotros traíamos en el relevamiento en el terreno, sea para construir un canal o visualizar el plano de una geografía determinada, ahí era un trabajo conjunto muy fluido. Se fusionaba la realidad del terreno real, con la perspectiva y dominio del dibujo técnico de estos creadores, que era fantástico, un trabajo artesanal, pero de una precisión que hace que aún sean fuente de consulta esos documentos. Había entre ellos especialistas en determinados aspectos, algunos extremadamente técnicos y otros como Philippens, con una expansión además hacia lo artístico. Todos extraordinarios, verlos trabajar era ver su meticulosidad y cuidado, gente apasionada”, dice el Ing. Giorgio Vairani.

“Intuitivo de las líneas”

Juan Carlos Philippens nació en la provincia de Mendoza, un 10 de julio de 1926. Su mamá, María Isabel González Videla, era una pintora paisajista y su papá Timoteo Philippens, era ingeniero, miembro por años de Vialidad. Sin dudas entre esa mamá que amaba la naturaleza y ese papá que, desde la niñez de Juan Carlos, le mostraba la “trastienda” de obras de grandes estructuras, depositaron en él semillas que florecieron en un artista y dibujante técnico. Dos palabras que parecen diferenciarse, pero que esconden un néctar tan atractivo como es el arte en sus distintas manifestaciones. Muy jovencito, Juan Carlos se fue a vivir a San Rafael con su familia, por el trabajo de su papá, pero a sus 20 años decidió que era momento de viajar a Buenos Aires y obtener el título que anhelaba, por eso cursó y se recibió en el Instituto de Diseño y Arte Gráfico en Buenos Aires. A su regreso se casaría con el gran amor de su vida, Martha Carrizo, nada les importó a ambos los 16 años que se llevaban, “para la época fue un escándalo, a mí no me importaba y a él tampoco, yo tenía 19 años y él 35, mi admiración por él era absoluta, pero me esforcé para ser una mujer también admirada, me profesionalicé y no me quedé a su sombra sino iluminandonos los dos”, cuenta Martha hoy a sus 80 joviales y activos años. De ese amor nacieron tres hijos, Juan Carlos (h), y las mellizas Marina y Guadalupe; que pudieron disfrutar a su papá solo hasta los 76 años, pero fue un tiempo valiosísimo para los tres que tienen una frase en común para su padre “un apasionado que le ponía el alma a lo que hacía”.

Dibujo firmado por Philippens, publicado en el Boletìn Informativo de Irrigación

Lejos de engrandecer la figura de Philippens por el afecto familiar, tanto Martha como sus hijas/o, aportan luz a la historia de un hombre, que era capaz de pasar horas observando un descargador para luego dibujarlo, un hombre que bien definió su esposa en un poema era un “intuitivo de las líneas”. Él podía observar y anticipar en su imaginación, la imagen final en el papel, entre los amplios trabajos que Juan Carlos Philippens desarrolló en Irrigación, se cuenta la realización de uno de los logos utilizados por la institución, donde se observaban sus conocimientos en las tendencias del diseño gráfico de la época. “En las tipografías en algunas de las primeras tapas de la revista Agua, más precisamente de la 1 a la 5 (1959- 1960) es notoria la influencia de las publicaciones del Bauhaus (la primera escuela de diseño del mundo, nacida en 1919, con sede en Alemania, donde participaron algunas de las mentes más vanguardistas de la época). Se ve un estilo gráfico despojado, con una organización del espacio racional basada en la geometría. El protagonismo lo tiene la tipografía sin remate, también llamada tipografía de palo seco, una puesta elemental, sin retórica”, dice el Diseñador Edgardo Ventura Castro. De esa rama se estima nació el logo del DGI, que fue utilizado por algunos años en la institución. “La tapa número 7 (1960) muestra el inicio del uso de la imagen muy ligada a lo técnico con algunos aportes simbólicos, los números 8 al 15 (1965-1966) son las más interesantes y muestras una esmerada tarea por el desarrollo de una gráfica novedosa y una comunicación que aporte diversas connotaciones a la problemática del agua en Mendoza. El estilo gráfico tiene mucha influencia de la Gráfica Suiza (Suiss Style) desarrollado en ese país a fines de los años 40’ y marcó toda la gráfica de la posguerra. Este estilo basado en formas sintetizadas y geometrizadas, prioriza la potencia visual del mensaje juntamente con el manejo retórico para potenciar el carácter simbólico de la imagen. En el número 11 es notoria la influencia de los elementos pictográficos probablemente influenciados por los sistemas señaléticos de las olimpíadas de Tokio (1964) que junto con la gráfica de México 1968, tuvieron una gran difusión e impacto en el diseño gráfico mundial”, finalizaba Ventura Castro. (En este enlace se pueden apreciar todas las tapas de la revista:  https://drive.google.com/drive/folders/1teaVBLf0Fmw7QT9yC0jCT0rRK70HCi3_)

Dibujar el agua

Desde los surcos que trazaron los habitantes de los pueblos originarios, para conducir el agua y ver crecer sus cultivos, a las grandes obras de ingeniería con las que se ha podido almacenar y distribuir el recurso hídrico, desafiando la geografía, siempre en forma envolvente, hay historias con nombre y apellido. El paisaje modificándose en la línea del tiempo, la geografía proponiendo desafíos, hombres y mujeres decididos a que las formas del agua, puedan dar vida. Nuevamente la historia, como un pasaje hacia el pasado, para recordar, aprender, para observar el presente haciendo consciente que ya se dibuja un trazo que llegará al futuro. Los trabajos de Juan Carlos Philippens, son la belleza del arraigo a nuestra identidad cultural. Es el arte, dibujado con las formas del agua.

Fuentes de consulta:

Departamento General de Irrigación (Centro de Documentación y Patrimonio Histórico y Cultura del Agua)

Edgardo Castro: Diseñador Industrial especializado en Gráfica.  Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Cuyo. Fue Profesor Titular de Diseño Gráfico Final de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional de Cuyo. Integrante del “grupo Grapo”, que desarrolla el afiche para la reflexión y recuperación de valores sociales, históricos y culturales, declarado de interés legislativo de las Honorables Cámaras de Diputados de la Nación y de la Provincia de Mendoza.

Martha Carrizo de Philippens: Docente, escritora de la UNC, autora de obras teatrales, cuentos, ensayos. Autora de los poemas “Camino del Aconcagua” y “Mendoza es Vendimia”.

Giorgio Vairani:  Ingeniero Proyectista. Ex Jefe de la División Construcciones del Departamento General de Irrigación. 

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Árboles de Mendoza, testigos ¿silenciosos? de la historia hídrica de la provincia

Desde el punto cero en línea temporal, con una geografía seca a ser tierra de oasis y con un sistema de acequias valoradas patrimonialmente, los pulmones verdes mendocinos atesoran información valiosa sobre nuestro desarrollo cultural, paisajístico y ambiental.

Por Marina Correa

Repetimos continuamente que esta tierra mendocina era en su génesis un absoluto desierto, una geografía donde gracias a la acción de hombres y mujeres de nuestros pueblos originarios, primero, se logró encontrarle caminos al agua para ampliar el pequeño vergel que hallaron. Sí, porque aquellos que llegaron a instalarse en esta zona del país y decidieron comenzar a poblarla se ubicaron inmediatamente en tierras cercanas a los cursos de ríos o se afincaron en los alrededores de lagunas. Era una época en la cual el recurso hídrico alcanzaba para esa pequeña porción de población.

Desde los arbustos nativos de esta ecorregión a los frondosos álamos que se convirtieron en un emblema de la nueva ciudad, los árboles guardan en su interior y en la historia de cómo se cuidaron y llegaron a la provincia el inseparable vínculo con su alimento de vida, el agua.

De navegar en canoas por las Lagunas de Guanacache a comenzar a dividir tierras para “cederlas” a los conquistadores, el paisaje de la Mendoza que conocieron los habitantes originarios fue cambiando. La expansión de la población necesitó, en un primer momento, no solo domar las tierras desiertas donde se establecería la nueva urbe, sino también domar la propia fuerza del agua, encauzándola y sosteniendo los márgenes de los canales con forestales.

El canal Tajamar (ahora entubado) fue un cauce muy importante para esa Mendoza fundacional. El transporte del agua lo hacía por gravedad y aquí aparece ese enlace que especialmente los inmigrantes les dan a los árboles, desde un aspecto ya no solo de protección de las acequias sino paisajístico.  Para Sonia Fioretti, “los inmigrantes intentaron reproducir su paisaje de origen, así el desarraigo quizás dolería menos. Por algo se habla de la ciudad de Buenos Aires como la segunda París o que las plazas seguían un estilo de jardín francés y, lógicamente, los italianos, con la vitivinicultura”.

Y sí, cuando la provincia recibe a los inmigrantes y la organización de la sociedad comienza a expandirse, los árboles fueron -como lo son hoy- fundamentales, no solo como laderos silenciosos en los cursos de agua sino también como fuente para la economía (su madera), recursos para la salud, el bienestar, y son un cultivo de la expansión agrícola. En todas estas facetas la presencia del agua es una fusión indivisible.

Paseo Alameda 1880 (Archivo General de Mendoza)

Nuestra eterna Alameda

Fue un español quien introdujo en Mendoza una de las especies más emblemáticas que tiene hoy la provincia: sus álamos. Juan Francisco Cobo, nacido en Navarra, España, en 1754, fue un notable inmigrante que formó parte de las altas esferas sociales políticas de Mendoza. Él habría recibido desde Cádiz estacas de Populus alba fustigiata, nada menos que nuestro preciado álamo. Cobo fue una figura que tenía una pasión por la vegetación y que se encargó de hacerla parte del paisaje mendocino. “Él hizo una revolución industrial, pero en madera”, dice Alberto Ripalta sobre Cobo. “Hubo un cambio muy notorio del paisaje natural propio, de una fitogeografía de monte bajo, arbustivo, chato, donde el árbol más alto era el algarrobo, a estos álamos que podían alcanzar entre 15 y 20 metros de altura. Eso implicó un cambio paisajístico muy notorio”, dice Sonia Fioretti.

Los álamos a la vera del Tajamar, luego llamado el paseo Alameda, cambiaron el paisaje mendocino urbano y nada menos que el General San Martín fue quien tomó la posta, por iniciativa de los vecinos, de embellecerlo más aún, durante su gobernación como intendente de Cuyo, desde 1814. “Él lo amplía llevándolo a 7 cuadras, todo el paseo de la Alameda tiene una impronta de San Martín. Las crónicas narran que por allí paseaba con su esposa Remedios de Escalada y muy cerquita nació su hija Merceditas en calle Corrientes”, dice Claudia Martínez.

“Lo usaban viajeros, era el gran paseo para sociabilizar, incluso para bañarse en las aguas del Tajamar. Cuando los álamos cumplieron su ciclo vital, hacia 1911, se realizó el recambio forestal por especies nativas de Argentina, como son las tipas y las acacias visco, ejemplares que permanecen hasta la actualidad”, agrega la investigadora.

“Aunque embellecer era un componente social, desde el punto de vista de la irrigación, la plantación de árboles tenía un objetivo más práctico, debía haber árboles a los costados de cualquier canal o hijuela para consolidar el suelo y para protegerlo ante las crecidas. Se pensaba también en la necesidad de producir madera, imprescindible para la construcción de los pie de gallo (estructura para desviar el agua), compuertas, pequeños diques derivadores y las contenciones con que se revestían algunos cauces que aún hoy se observan en algunas fincas. Así aquella generación que se apropia de la naturaleza, busca embellecerla, pero en un primer lugar, debe domar su fuerza”, sigue diciendo Claudia Martínez.

El árbol y el agua como política pública

“La vocación por la protección y fomento del árbol y de las masas boscosas en Mendoza, reconocen importantes antecedentes, los cuales se remontan al siglo XIX. Si bien primó en un comienzo una visión sanitarista, ornamental y por momentos, productivista de la naturaleza, esto no constituyó un impedimento para que las diferentes autoridades implementaran importantes medidas de protección del arbolado, las que otorgaron características distintivas a la provincia en este sentido y que llegan hasta la actualidad. Pueden identificarse así como hitos, la Ley 19 de 1896, durante la gobernación de Francisco Moyano, la cual promovió la creación del Parque del Oeste (actualmente Parque General San Martín). Al año siguiente, se promulgó la Ley 39, de protección y fomento de bosques, árboles y arbustos en la Provincia. Esta ley significó un destacado instrumento que reguló desde cuándo se podrían cortar los árboles, las penas por su incumplimiento, un sistema de exenciones y primas de estímulo, entre otras, hasta la exigencia y reforzamiento de la obligación de plantar árboles a la vera de cada nueva calle y cauces de riego que se abriera. En este orden de ideas, un rol destacado desarrolló también el Departamento General de Irrigación, ente autónomo responsable de la gestión del agua en la Provincia, el cual en 1935, creó dentro de su estructura la Sección Agronómica”, dice Laura Ortega.

Toma aérea dique Valle de Uco

“Surgió una necesidad importante de obtener datos, ya no era solamente plantar la especie más bonita, era pensar que se necesitaba información, sobre ese cultivo que es el árbol y las necesidades hídricas que tenía. También, sucedió que aparecieron plagas como fue la filoxera, que se manifiesta en climas húmedos y que implicó que se debieron erradicar muchas viñas en torno al río Mendoza. Esa sección agronómica, fue muy bien recibida por los diarios de la época, hace justamente hincapié en eso, en la necesidad de medir, de racionalizar”, continúa Ortega.

Entre los fundamentos de la creación de la “Sección Agronómica”, se destacaba que se establece un censo de cultivos, que se crea para determinar coeficientes de riego y que los trabajos en los diques “tendrán por principal objetivo la producción de forrajes y formación de viveros forestales destinados a la provisión de plantas a los cauces”. También desde su creación, se habla de lo que hoy se observa con esplendor en el dique Cipolletti, dice textual “a fin de propender el embellecimiento de los parques y jardines adyacentes a los diques Cipolletti y Medrano (actual dique Tiburcio Benegas), la Sección Agronómica proyectará los trabajos de ornamentación que convenga efectuar, para dar a esos paseos el realce estético conveniente en su calidad de paseos públicos”.

Àrbol en dique Cipolletti

Como parte del Plan de Forestación que implementó el Departamento General de Irrigación, se consolidaron estos bosques de álamos, olmos, acacias y sauces y otras variedades en los terrenos adyacentes a las principales infraestructuras hidráulicas. Además, se promovió el establecimiento de viveros y estaciones experimentales en los diques Medrano, Phillips y Cipolletti, con la finalidad de proveer de plantas a las Inspecciones de Cauce y realizar estudios sobre las mejores especies para la geografía semiárida de Mendoza. Hoy, alrededor de algunos de los principales diques de la provincia, se pueden observar esos pulmones verdes, que complementan en una acuarela perfecta de colores, el celeste del agua y los verdes y ocres de los árboles en sus alrededores.

La coordinación política de los años treinta, permitió articular esta defensa forestal con las políticas de fomento turístico. Así, cuando se construyó la Hostería Dique Cipolletti (1940), espacio que contó también con un camping, los turistas pudieron recrearse no solo de las aguas sino también del hermoso bosque artificial creado tanto para su disfrute como para la protección de infraestructuras hídricas (Raffa, 2020). Espacio que en la actualidad continua cumpliendo las mismas funciones y que desde 2023 es parte de un amplio plan de mantenimiento y reforestación.

Alberto Ripalta, tomando muestras para analizar en el laboratorio de Dendrocronología

Anillos de historia

Alberto Ripalta, miembro del Laboratorio de Dendrocronología e Historia Ambiental del IANIGLIA (Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales), explica su especialidad: el análisis dendrocronológico. Dendro significa árbol, crono es tiempo y logo es el estudio; implica la extracción, sin dañar el ejemplar, de un trozo cilíndrico de la madera del árbol, donde se pueden observar los anillos de crecimiento del mismo. En el laboratorio, los resultados podrán informar sobre las condiciones de estrés hídrico a los que estuvo expuesto, si padeció el fuego, enfermedades y más. Es una radiografía precisa de la historia ambiental a través de los árboles, que pone a Mendoza y a la Argentina en una plataforma científica de excelencia. “El estudio que realizamos en los bosques del dique Cipolletti, arrojó que algunos de sus robles son árboles de unos 80 años, aproximadamente. Seguramente, se eligió esa especie simplemente porque estaba, es un árbol que se usó más para calles, plazas. En este caso no estamos hablando de un objetivo de contener el agua, sino un fin paisajístico, aunque siempre hay que considerar que los árboles conforman un sistema ecológico, pueden incidir en la temperatura y humedad de la geografía donde se los establezca”, dice Alberto Ripalta.

Especialistas entrevistadas en esta nota

Respira

En la actualidad, desde el Departamento General de Irrigación, se desarrolla una constante gestión focalizada en la elección de especies de bajo requerimiento hídrico. Cada vez que se realiza una obra de impermeabilización, se establece una coordinación con la Dirección de Biodiversidad y Ecoparque de la provincia, que establece los lineamientos con el fin de garantizar una reforestación compensatoria que mantenga la misma masa arbórea. Además, se comienzan a incorporar, en aquellos casos en que se conservan forestales en las márgenes del canal y no existe la posibilidad de otros sistemas de riego, las “ventanas de fondo” en cauces impermeabilizados. Se trata de aberturas en la base del canal que permiten la infiltración del agua y el riego en consecuencia y conservación de los árboles en sus márgenes.

El árbol, proporciona servicios ecosistémicos que van desde la sombra, al aire puro, la fijación de suelo, la captura de dióxido de carbono y la disminución de niveles de contaminación ambiental. Dichos servicios se hacen presentes tanto en bosques nativos, como en bosques cultivados, siendo fundamental su aporte en el caso de bosques urbanos donde además, se comportan como biomonitores del ambiente construido, reducen el consumo energético y favorecen la habitabilidad de espacio público. Los árboles, en su masa constitutiva, van escribiendo la historia geográfica, climática, hídrica que los ha mantenido en pie. Ellos son bocanadas de aire, para respirar y crear.

Fuentes de consulta 

  • Departamento General de Irrigación (Centro de Documentación, Patrimonio Histórico y Cultura del Agua).
  • Departamento General de Irrigación (Dirección de Gestión Ambiental del Recurso Hídrico).
  • Sonia Fioretti (ingeniera agrónoma, máster en Arquitectura del Paisaje, docente e investigadora de la Cátedra de Espacios Verdes FCA UNCuyo, integrante del NODO Mendoza, Red Argentina del Paisaje).
  • Claudia Martínez (ingeniera agrónoma. Doctora en Ciencias Biológicas, Investigadora adjunta en INAHE CCT-CONICET Mendoza, docente UNCuyo, integrante del NODO Mendoza-Red Argentina del Paisaje).
  • Laura Ortega (Politóloga de la UNCuyo y Doctora en Ciencias Sociales de la UNQuilmes, integrante del Instituto Ciencias Ambientales y del Centro de Estudios de Política y Cambio Climático de la FCPyS-UNCuyo).
  • Alberto Ripalta (licenciado en Gestión Ambiental. Profesional Principal del CONICET. Miembro del Consejo de Patrimonio Cultural de la Provincia
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Bernardino Izuel: el “loco” y visionario pionero de Villa Atuel, constructor del canal que le llevó casi 20 años de su vida

Su historia guionada, sería un taquillero film. El español tenaz que condujo agua al desierto, vio morir en el caudaloso río a su hijo bebé, y enfrentó la ruina cuando la tierra y el clima feroz, le impedían concretar su proyecto. Logró una gesta de carácter apoteótico, cuando se pudieron irrigar tierras incultas y murió con merecida gloria.

Por Marina Correa

Tenía solo 18 años Bernardino Izuel Giménez, cuando pisó suelo argentino. Era el año 1869 y hasta su pequeño pueblito natal de Canfrán en Aragón (España), habían llegado seguramente las noticias que Argentina era una tierra próspera, una de las más elegidas por las corrientes migratorias de la época. A Bernardino no lo motivaba venir a Argentina por un motivo económico, él había nacido en el seno de una familia sin aprietos financieros, pero sí lo animaba ese espíritu lleno de curiosidad, de desafío por lo desconocido, un espíritu que sería fundamental, aunque lo desconociera a sus 18 años, para no dejarse doblegar a lo largo de su vida, por los azotes de la bella y implacable naturaleza. El término de “El loco Izuel”, con el que muchos lo llamaron ya en su adultez en Mendoza, seguramente nada tuvo que ver con una subestimación a su persona, todo lo contrario, ese “loco” era casi un sinónimo de admiración por no entregarse ante lo que parecía una causa perdida: ganarle a las condiciones geográficas y climáticas para lograr una tierra fértil en la hoy próspera Villa Atuel (San Rafael). “El loco” lo logró, tras casi 20 años de trabajo, pudo construir un canal con toma directa al río Atuel, para ese fin atravesó desgarradoras muertes, la bancarrota, la soledad. Con herramientas sin la tecnología actual, hizo historia a pico y palo en un terreno feroz. En esta nota su magnífica historia.

Las tierras del Cacique Goico

Villa Atuel es un distrito del departamento de San Rafael, ubicado a aproximadamente 60 km al sudeste de la ciudad de San Rafael, y a 30 km del departamento de General Alvear. Es por esta mayor cercanía con Alvear, que para los desconocedores de la zona, a sus habitantes o al distrito suelen confundirlos con ser alvearenses, pero son sanrafaelinos. Villa Atuel, como lo indica su nombre, tiene al norte de su geografía al gran río Atuel, cuyo nombre de origen araucano se traduce como “lamento”. El significado bien podría tratarse de una profecía para quien quisiera domarlo, al menos Bernardino Izuel se lamentó seguramente varias veces, por ese intento que por momentos le desarmó el alma de dolor. En este presente, Villa Atuel es una próspera localidad, donde abundan los olivares, las plantaciones de ciruelos y los viñedos, son en la actualidad 5600 hectáreas las que son regadas por el canal Izuel, sí, el canal que lleva el nombre de su constructor. El canal Izuel nace en el paraje “La Guevarina”, a 8km de la cabecera de la villa.

Si un viaje en el tiempo de repente nos llevara al pasado, en esas tierras donde está actualmente Villa Atuel, nos encontraríamos con el Cacique Goico, un “natural” como se les llamaba por aquellas épocas a los habitantes de los pueblos originarios, en esa zona divididos entre “Puelches de Cuyo” y los “Pehuenches”; Goico era el dueño de las tierras cercanas a la confluencia de los ríos Diamante y Atuel. Había establecido muy buenos vínculos con los españoles y fue un personaje que se codeaba con los representantes más destacados de la comunidad mendocina. Goico, seguramente fue partícipe el 2 de abril de 1805, de la creación del Fuerte San Rafael del Diamante, donde estuvieron presentes 23 caciques, 11 capitanejos y demás asistentes. Fue una tarea encargada por el Virrey Rafael de Sobremonte (máxima autoridad de lo que hoy es Mendoza), al Capitán Miguel Teles Menezes, quien logra su cometido junto con el Padre Francisco Inalicán (franciscano chileno de origen mapuche), quien hablaba el lenguaje de los nativos. En este presente se ha recuperado además, una figura femenina que mucho tuvo que ver para que reinara la paz, y los acuerdos se lograran sin sangre, fue la Cacica María Josefa Roco, quien los sanrafaelinos en su última fiesta de la vendimia honraron.

Regresando al Cacique Goico, es él quien le vende a Ángel Báez 10 leguas de tierras con frente al río Atuel y luego estas son adquiridas por Don José María Limas Rosas. Es este hombre quien, enterado de la fama de Izuel como hacedor de canales, lo convoca y le pide que abra un canal para regar esas tierras incultas que tenía. Bernardino Izuel, aceptó a cambio de 2500 hectáreas que recibiría como pago, un abono por su trabajo que le implicaría un sacrificio desmedido, en una tierra inhóspita, llena de médanos “voladores” (acumulación de tierra arenosa por la acción del viento). Una tierra donde el agua era implacable con su fuerza, se negaba a seguir una traza, la arrasaba en conjunción con el clima, pero Izuel no se cansó de estudiarla, de observarla y un día … ¡pero sigamos paso a paso esta historia!

Mapa del sur de la provincia de Mendoza, realizado en 1889

El trasandino, un tren a su destino

El intrépido Bernardino Izuel, de 18 años dedicado al comercio, no se olvidaba de su patria española, y hacia allá regresó luego de dedicarse exitosamente al comercio, su regreso definitivo a la Argentina, sería a sus 30 años en 1881, llegaba casado con la también española Castora Iracheta Arizu, un apellido que para los mendocinos es sinónimo de vitivinicultura. Izuel no quería perderse el gran acontecimiento de la época, nada menos que el viaje inaugural del tren Trasandino, que generaba un paseo majestuoso por el recorrido geográfico, entre Chile y Argentina, pasando por Mendoza. Fue en este preciso momento donde la naturaleza lo enfrentó a Bernardino, por las inclemencias del tiempo no pudo continuar su viaje y su estancia temporaria en la provincia sería hasta el fin de sus días a los 86 años.

Bernardino Izuel, había dejado de ser un joven comerciante, y había adquirido en su país, conocimientos en obras hidráulicas. Mendoza y su geografía lo dejaron impactado y no sería extraño imaginar que en algún punto mirar hacia la montaña le recordara a su pueblo de Canfrán natal, porque allí literalmente el relieve del lugar está definido por las altas cumbres pirenaicas (del sistema montañoso de los Pirineos) que lo circundan. Inmediatamente el círculo de la alta sociedad mendocina, le dio un gran recibimiento y su establecimiento en Mendoza se dio justo cuando en la provincia se planificaba extender la irrigación, para proyectar un crecimiento productivo-económico que llegara al sur. El tren lo dejó en el andén del que sería su destino.

Apertura del actual Canal Izuel. Foto: Roberto Mustafá. s/f.

Heridas imborrables

Luego de construir los canales “Los Andes” en Rivadavia, y “La Montaña” en Las Heras, fue Rafael Iselín quien lo contrató para construir el canal “Los Franceses”, llamado así porque se ubicaba en la colonia francesa instalada en San Rafael.  Ya por entonces Izuel, como era costumbre de la época, había recibido por sus trabajos tierras en pago, poseía tierras en San Rafael, más precisamente en la zona de “La llave vieja” por unos trabajos encargados por la Familia Bombal. Definitivamente su fama de “constructor de canales” se agigantaba, a medida que también Mendoza y sus gobernantes querían una expansión de la red hídrica sólida, por algo en 1884 se redacta nuestra vigente Ley de Aguas, escrita por el Dr. Manuel Bermejo. Una ley que pone a la provincia en un escalón muy elevado de legislación en materia de sus normas para el riego, que al día de hoy es tomada como referencia en distintas partes del país y del mundo. 

En un contexto donde era necesario canalizar y regular ríos, Bernardino Izuel era sin dudas “el” especialista, para asignarle esa tarea. Izuel ya tenía su propia familia, habían nacido 8 niñas y un único varoncito. En unos de los momentos en que la familia se movilizaba en carreta desde San Rafael, donde vivían a la zona del Atuel, y justo al pasar por la zona del río (Atuel), a Castora por el salto que da la carreta, el niño se le habría soltado de los brazos y murió ahogado. Esa herida fue sangrante toda la vida para Bernardino, pero fue letal para su mujer, quien no pudo soportar ese dolor y murió poco tiempo después, dicen que ahogada ella también, pero por el insoportable sufrimiento. Como una ironía de la vida, el “lamento” que es el sinónimo de Atuel, le llevaría dos amores, pero lejos de enemistarse con él, trató de entender su fuerza, su volumen, analizó su constitución y se puso manos a la obra, una familia numerosa dependía de él.

Balada para un loco

En “Pioneros de Villa Atuel” bajo la dirección de Silvia Mónica Saurina, y María Elena Quiles; dice que Bernardino Izuel cuando terminó de construir el canal para la colonia francesa, “vio una llanura que se extendía hacia el este y se la imaginó con cultivos regados desde el río Atuel”. Y es que seguramente Izuel, cuando la familia Lima le propone construir un canal que tomara agua directo desde el Atuel y las condujera hacia el gran territorio desértico que hoy es la productiva Villa Atuel, sintió una especie de balada interna. Una balada que bien podría representarse en unas estrofas de la popular canción “Balada para un loco” del gran Astor Piazzolla, cuando dice: Quereme así, pianta’o, pianta’o, pianta’o, trepáte a esta ternura de locos que hay en mí. Izuel vendió sus tierras y se instaló con su familia en el medio del desierto, cuentan sus descendientes y los pocos documentos que se encuentran, extraídos de la propia narración oral, que la tarea encargada para ser terminada en 5 años le llevó casi 20. Lo poco que queda como testigo de sus proezas contra la naturaleza, es un descargador del agua, ubicado en un lugar de muy difícil acceso en General Alvear, también en la casa de un antiguo tomero de la zona, que actualmente tiene 80 años, queda como sobreviviente de aquella patriada, un rastrón (herramienta creada para sacar la arena a tiro de bueyes).

El ”loco” Izuel, con palas, picos, rastrones y herramientas que estaban lejísimo de la tecnología actual, removió con sus empleados, la mayoría según dan cuenta españoles como él, más de 1.000.000 de m/3 de tierras. Llegaban vientos, lluvias y aquel principio de conducción del agua que quizás les había llevado meses de trabajo, se veía en horas completamente destruido. Los sauces que plantaba para darle una notoria línea de trazabilidad, también caían ante la naturaleza que manejaba su propio lenguaje. Así fue inevitable caer en bancarrota, pero cuando todo parecía una causa perdida, fueron los primos de su esposa, Balbino y Sotero Arizu más Federico Loasses y Carlos Alurralde; quienes le facilitaron dinero (los Arizu) y herramientas y mercadería (Loasses y Alurralde). Esa ayuda fue fundamental para el último impulso que necesitó para finalmente lograr su cometido.

Imagen actual del Canal Marginal del Atuel

El canal que con gran justicia lleva su nombre, al principio tenía una extensión de casi 34 km, pero ahora con la construcción sobre su traza antigua, del gran canal Marginal de Atuel, quedó reducido 21km, mientras que el marginal tiene 62 km. Haber resistido, persistido a todo embate; los emocionales personales, los físicos propios de ponerle el cuerpo a la tarea, los económicos y los de la naturaleza; dieron finalmente frutos visibles para Bernardino Izuel. Logró que finalmente el agua llegara a Villa Atuel. Allí los Arizu fundaron la bodega cuyo casco hoy está declarado monumento histórico nacional. En 1905 el Gobierno provincial le otorga a Izuel la concesión de riego para 5000 hectáreas. El loco soñador, el pionero, el visionario Izuel muere sabiendo que su proeza la alcanzó, logró la creación de un pueblo y el progreso económico. Cuando una de sus hijas se casa en 1905, un diario sanrafaelino, publica la noticia destacando: “Isidro Lima, de 38 años, argentino, con Castora Izuel de 19 años, hija del apreciado e incansable luchador contra los médanos don Bernardino Izuel”. Sí el “loco Izuel” fue un incansable luchador. Hoy su historia y la de muchos más, habitan en los libros que atesora el “Centro de Documentación, Patrimonio Histórico y Cultura del Agua” del Departamento General de Irrigación, allí en sus textos sobrevive nuestra identidad reflejada en la geografía, en la naturaleza y en la radiografía de la historia del agua en Mendoza con sus protagonistas.

Foto destacada: Bernardino Izuel. Retrato generado con IA.

Fuentes:

  • Hidrología de Mendoza (Galileo Vitali)
  • “Pioneros de Villa Atuel” bajo la dirección de Silvia Mónica Saurina, y María Elena Quiles
  • Plan Director Río Atuel (Departamento General de Irrigación)
  • Bio. Ing. Bernardino Izuel Giménez (Prof. María Elena Izuel)
  • Subdelegación de Aguas Río Atuel
  • Inspección de Cauce Canal Izuel
Sergio TerreraBernardino Izuel: el “loco” y visionario pionero de Villa Atuel, constructor del canal que le llevó casi 20 años de su vida
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Las fotos históricas de Mendoza que develan nuestro pasado hídrico

Desde la impermeabilización del canal Cacique Guaymallén a una inundación en plena ciudad de San Rafael, desde los “pie de gallo” para contención del agua, a tomas aéreas impactantes de ríos y glaciares. La fotografía como testimonio de un pasado que armó nuestro presente y una convocatoria a los mendocinos para aportar material que complementen los recuerdos de nuestra identidad.

Por Marina Correa

“Hay una cosa que la fotografía debe contener, la humanidad del momento” dijo el fotógrafo suizo Robert Frank (1924-2019), y en esa frase resumió gran parte del sentir del observador de una fotografía, especialmente cuando la misma nos lleva a un instante en el tiempo que no es contemporáneo a nosotros y que por tanto, el acercamiento a esa “humanidad” solo es posible a tan corta distancia del ojo, por la fotografía misma. En Mendoza, distintos organismos, entre ellos el Departamento General de Irrigación, atesoran imágenes que permiten la reconstrucción de paisaje cultural mendocino de distintas épocas, aportando información y mostrando como el recurso hídrico es parte de nuestro ADN colectivo. En esta nota mostraremos tan solo una arbitraria selección de fotos, que no siguen una línea temporal, sino que buscan transmitir el mismo entusiasmo con el que se las eligió, para que cada observador de las mismas, pueda hacer un viaje imaginario a ese lugar, a ese tiempo, y sentir como la humanidad ha convivido con el agua y sus formas y ha intentado administrarla para el desarrollo.

1955, el río Diamante inunda las calles de San Rafael. Autor: Eliseo Miri Reportero Gráfico del diario El Comercio.

“Mendoza tenía allá por fines del siglo XIX decenas y en el XX cientos de fotógrafos amateur, con muchísimo conocimiento de fotografía, dentro de sus casas tenían pequeños laboratorios de revelado, era como la piecita ahora de las herramientas, en su gran mayoría eran personas que aprendían con libros y manuales específicos, hasta había cursos por correo. También eran muy comunes los fotoclubes, que eran espacios para la formación inicial y semiprofesional, después tenías a los profesionales formados en el exterior, llegaban de Francia, Italia, España, Alemania, Estados Unidos. Entre ellos estuvo el italiano llegado en 1930 desde Estados Unidos, Atilio Ronchietto, que no solo se dedicaba a la fotografía y óptica, él fundó el primer estudio cinematográfico de la provincia, y es el autor de las imágenes fílmicas del primer carrusel vendimial”, dice Sergio Sánchez, Director del Museo Interactivo Audiovisual del Distrito 33.

A nivel nacional, en Argentina fue determinante la técnica que introduce en el país el fotógrafo portugués Christiano Junior, quien llega desde Brasil (donde había emigrado en 1867) y trae la técnica llamada “colodión húmedo”, utilizada a nivel mundial aproximadamente desde 1851 al 1885. Si bien la autoría de este procedimiento no es muy clara, se cree que Gustave Le Gray  (fotógrafo y pintor francés 1820-1884) propone su uso como soporte y fue uno de los precursores, seguidos de Frederick Scott Archer (fotógrafo inglés, 1813-1857). Archer usó el colodión para hacer negativos, y desde 1852 trabajó intensamente con el solo propósito de demostrar, que esta técnica sería el futuro de la fotografía. “El colodión implicaba preparar la placa en el laboratorio, la sacabas corriendo a la cámara, hacías la foto y volvías corriendo al laboratorio a revelar porque si se secaba, se perdía la imagen, el fotógrafo itinerante tenía que llevar ese laboratorio a cuestas, de hecho en varias fotografías de la época, se ven las huellas en la nieve de cuando quien captó el momento regresó rápido a su carpa, donde seguramente habrá montado su laboratorio. Esa persona llevaba kilos de peso, si la foto era en la montaña, para lograr esa imagen. Y a continuación ya sí aparece la placa seca (1871), el negativo en blanco y negro que conocemos actualmente, entonces ya solo llevabas la cámara y las placas se empiezan a achicar y comienza el proceso de miniaturización. Llega la ampliadora fotográfica donde pones el negativo y haces una copia por ampliación mucho más grande, como un proyector. La mayoría de las fotos que he observado de esta selección que han hecho, están sacadas con placas de 9 por 12 centímetros y se copiaban por contacto. Se ponía un papel fotográfico, el negativo encima y se les daba luz. Entonces quedaba a tamaño real. Esto se dio especialmente en las dos últimas décadas del siglo XIX”, comenta Andrés Bonafede.

Joyas preciadas y desaparecidas

La única foto que la Argentina tiene del General José de San Martín, es una foto en daguerrotipo. Esa foto de un San Martín ya canoso y lejos de sus días librando batallas, ha sido inspiración para incluso ahora con Inteligencia Artificial, reconstruir la fisonomía desde niño del General.  El daguerrotipo fue el primer procedimiento fotográfico anunciado y difundido oficialmente en el año 1839, fue desarrollado y perfeccionado por Louis Daguerre (pintor francés y precursor de la fotografía 1787-1851), a partir de las experiencias previas inéditas de Joseph Nicéphore Niépce (físico e inventor francés, 1765-1833), y dado a conocer en París, en la Academia de Ciencias de Francia el 19 de agosto de 1839. Tanto el aparato utilizado para obtener imágenes por daguerrotipia como cada fotografía obtenida se conocen con el nombre de daguerrotipo. En este procedimiento la imagen se ​forma sobre una superficie de plata pulida como un espejo, aunque para economizar, normalmente las placas eran de cobre plateado, pues solo era necesario disponer de una cara plateada. La imagen revelada estaba formada por partículas microscópicas de aleación de mercurio y plata, y previamente esa misma placa era expuesta a vapores de yodo para que fuera fotosensible. ​Los daguerrotipos son piezas únicas, un daguerrotipo es a la vez negativo y positivo, pudiendo verse de una u otra forma según los ángulos de observación y de incidencia de la luz que recibe. Las imágenes resultantes son frágiles. No se deben tocar fuera de su estuche o caja de protección porque se dañan irreversiblemente. Se deben conservar sin abrir los estuches, pero un daguerrotipo se puede reproducir, como cualquier otro objeto, fotografiándolo nuevamente.

“El fotógrafo alemán Adolfo Alexander fue quien introdujo el daguerrotipo en Chile, y luego de su estadía en Valparaíso y pasar por San Juan, llega a Mendoza en 1855, un año antes del inicio de la gobernación de la provincia por parte de Cornelio Moyano (1856-1859). Aquí instala 4 estudios fotográficos antes del terremoto de 1861 y se vuelve parte de la sociedad mendocina, incluso se casa con la hija de Néstor Lencinas (político mendocino, Gobernador de Mendoza entre 1918 y 1920). Alexander es el autor de LAS joyas fotográficas que los documentalistas más buscamos, se trata de un relevamiento que hizo de la ciudad a pedido de Moyano. Aquí hay una historia muy particular, Alexander hace las fotos con esta técnica cuando podría haber usado otras más económicas y más avanzadas, pero elige hacerlas en este formato tan hermoso, son alrededor de 25 fotografías que hace durante dos años, entre el 1858 y 1860. Según lo que se sabe, él las termina, las entrega y se va de la provincia, se presume que porque su amigo el geólogo también alemán Germán Burmeister (1807-1892), que viene a estudiar a Mendoza los movimientos sísmicos le advierte que Mendoza es una zona con probabilidades que ocurriera un acontecimiento como el que termina ocurriendo en 1861, cuando el terremoto arrasa Mendoza y mueren cerca 12.000 personas. Hoy el tataranieto de Adolfo Alexander, llamado Abel Alexander, preside la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía y, como nosotros, no desiste en su anhelo de que aparezcan en algún hallazgo arqueológico esas preciadas joyas en daguerrotipo”, dicen Andrés Bonafede  y Sergio Sánchez.

Retrato de nuestro ADN Hídrico

El Departamento General de Irrigación atesora un archivo fotográfico que da cuenta sobre cómo en Mendoza el agua fue protagonista de la vida diaria de la provincia y el recurso hídrico está en el ADN de nuestra cultura identitaria. Así, es posible encontrar imágenes desde el curso natural que tenía el río, a como se intentó contener el agua con por ejemplo, la considerada la primera “obra hidráulica” que fueron los “pie de gallo”, esas estructuras artesanales construidas con palos para armar pequeños diques de contención en los cursos de agua. En esa foto en especial, que mostramos en esta nota, se ve como se intentó desde siempre “domar” ese recurso natural, alimento de los cultivos, generador de la energía, insumo esencial para la vida en todas sus formas. También se ve como el desarrollo permitió construir canales majestuosos, como el icónico Cacique Guaymallén o los diques que hoy son puntos de referencia y abastecimiento, para los distintos oasis productivos. Están allí los rostros de distintos protagonistas, al mirarlos como cuando se contempla a Margarita Piacenza, es imposible no preguntarse, cuál habrá sido la dimensión de su aporte, al lado de uno de los hacedores más destacados en la historia del agua en Mendoza, como fue el Ing. Galileo Vitali (1889-1944). La vida de esa mujer que se la ve en el medio de la montaña, con sus pantalones y botas, suponemos es alguien que amó la naturaleza, una mujer fuerte a la par de su compañero, que tanto hizo por dejar establecidos estudios sobre el agua, fundamentales para Mendoza. También, como dijimos al principio es una selección arbitraria las fotos elegidas para este artículo, sucede que el material disponible es absolutamente diverso, bello, impactante, testimonial y solo busca ser un mini muestrario, un “pantallazo” de la Mendoza que somos con su ADN hídrico. 

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El caudaloso río Mendoza, ¿responsable de la extinción del Cabildo mendocino?

Cuando los conquistadores fundaron la llamada “nueva ciudad”, debieron hacer frente a la arrolladora fuerza de la naturaleza. El rol de los caciques y una historia poco conocida. Informe especial.

“Estas tierras pueden quedárselas”. Así podría imaginariamente haber sucedido la charla entre el cacique Goaymalle (así su nombre original) y el español conquistador Pedro del Castillo, que fundó en la geografía habitada originariamente por los llamados “naturales” la actual provincia de Mendoza. Esa frase usada como un giro ficcional es posible “novelarla” por las distintas investigaciones históricas que se realizan en torno al agua en Mendoza, los caciques y la fundación del Cabildo. Un Cabildo cuya última construcción se derrumbó producto del devastador terremoto ocurrido en 1861, no era, sin embargo, el primer derrumbe que sufría este edificio emblemático, sino que los anteriores, según la deducción por la documentación existente, también se habrían derrumbado, en esos casos, por la fuerza indomable del agua.

Es de 1574 el acta a la que alude Jorge Ricardo Ponte en su libro De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias. Allí se describe un encuentro cumbre que los “cabildantes” tuvieron con los caciques. En ese documento dice que “se pide digan los caciques comarcanos tierras que habían vacías y no fueran de los naturales”.

Si seguimos recreando aquel momento, podríamos, como en una especie de guion, agregar que no sería extraño que todo se hubiera desarrollado en un clima de tensión. Esos cabildantes fueron quienes, llegados de Europa, avanzaron -en modos que se conocen ampliamente- sobre la propiedad y formas de una sociedad ya establecida por los pueblos originarios, pueblos cuyos habitantes en las actas son llamados “naturales”. Los caciques sí tuvieron que entregar tierras a Pedro del Castillo, pero las extensiones de tierras dadas, “casualmente”, estaban en una traza que cuando llovía, se veían colapsadas por los aluviones y el agua arrastraba todo a su paso.

Así, aunque no se puede confirmar la intencionalidad de los “naturales” de vengar indirectamente la invasión, sí Ponte asegura en su libro: “La primitiva ciudad fue emplazada en el peor sitio posible”. Incluso, Ponte deja sentada la misma suposición de una cesión de tierras inundables, con una clara frase en sus investigaciones: “El desacierto (de la elección de lugar) se lo adjudican a Pedro del Castillo, si es que fue una elección por parte de los españoles”. Claramente, deja flotar en el aire que el “regalo” de las tierras por parte de los caciques llevaba una especie de caballo de Troya escondido, nada menos que la fuerza del agua.

Rastros de un estandarte

“No tenemos un solo plano de la fundación de Mendoza ocurrida en 1561, solo un acta sin referencias geográficas”, dice Betina Tamiozzo, directora del Museo del Área Fundacional de Mendoza. Aun lamentándose de carecer de un documento tan necesario para la provincia, admite que, gracias a distintos investigadores, se pudieron hallar los restos de aquel estandarte que tuvo el casco histórico de la provincia. “Relatos como el que hace el escritor e historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, al narrar el fusilamiento en Mendoza de José Miguel Carreras, considerado uno de los padres de la patria chilena, permiten estimar dónde estaba el edificio del Cabildo.

Actualmente, los que visitan el Área Fundacional pueden observar el piso de baldosas criollas características del siglo XVIII. Hay muchas razones para pensar que es el piso del último Cabildo construido en 1749, y en excavaciones arqueológicas de sus alrededores, sí consta que hubo otras construcciones en el mismo lugar años antes”.

En el libro El Cabildo de Mendoza, de Roberto Bárcena y Daniel Schavelón, figuran actas del siglo XVII donde destacan que no se podían los cabildantes juntar a sesionar, porque el paso hacia el Cabildo estaba anegado de agua. “Siguiendo con la línea de documentación, sí podemos hacer referencia a una gran inundación que tira el edificio anterior a 1749, que es de 1716, por eso las actas capitulares que se guardan dicen que se ha pedido la construcción de un edificio que soporte las avenidas de agua”, confirma Betina Tamiozzo.

Incluso ya con fuentes absolutamente concretas, como el primer plano que tiene Mendoza de su casco fundacional, que data recién de 1761, se puede observar que, sobre la que sería la actual calle Videla del Castillo, hay un muro de contención del agua frente al Cabildo.

Una fortaleza llamada agua

En todas las ciudades coloniales de la América española, los cabildos se erguían como banderas arquitectónicas donde se instalaban los representantes que asumían atribuciones de gobierno y justicia para el pueblo. Lógicamente, los “naturales” no estaban en ese esquema, todo lo contrario, y en Mendoza fue el marqués español Rafael de Sobremonte y Núñez quien desde la fortaleza del Cabildo luchaba contra otra fortaleza mayor: la del agua.

En el libro Obras hidraúlicas en América colonial (CEHOPU, 1993), se dice que él destacaba que el Cabido tenía la “imposibilidad de construir algo sólido y permanente, debido a la rapidez e inconstancia del lecho del curso del río”. Tomando como base documentación que también es mencionada ahí, podemos nuevamente hacer un paseo por el pasado y escuchar una charla que pudo ocurrir: “Obliguen a que cada vecino me traiga mínimo un peón, si no lo hacen, tendrán que pagar una multa, necesitamos hombres para construir una obstrucción al agua, ¡es urgente!”. Sí, era urgente, al igual que Pedro del Castillo, Sobremonte luchaba desde tierras donde el agua se mostraba indomable, pudo ser la simbiosis con el alma indomable de aquellos a los que se les apagó la voz, y que vengaron el atropello a su hábitat e incluso a su identidad.

Acequia y zanjón de la ciudad

Allá por 1561, la red hídrica no era la que conocemos en la actualidad. El agua que regaba las tierras labradas donde se había asentado la nueva ciudad provenía del río Mendoza. Si quisiéramos proyectar una ubicación, en aquella época el cauce se encontraba, como dicen los documentos, “a 7 leguas de la ciudad, y su anchura era mayor a una cuadra, aunque en las crecientes llegaba a dos”.

Además, las variaciones del río no tenían una conducción con dirección fija. Quizás por eso los huarpes, como bien destaca Betina Tamiozzo, tenían núcleos habitacionales dispersos”, dando a entender que podían sortear, de esa forma, la imprevisibilidad del agua. También se deja sentado que la mutabilidad del río “originó un brazo orientado hacia el norte llamado acequia de la ciudad, porque llegaba hasta la capital, aunque en esta se llamaba zanjón y su finalidad era recibir las aguas que corrían por pequeños ríos secos. El zanjón fue durante mucho tiempo un elemento vital para la economía agrícola mendocina”, se destaca en Obras hidráulicas en América colonial.

Nuestro patrimonio

En el Centro de Documentación, Patrimonio Histórico y Cultura del Agua, del Departamento General de Irrigación, se atesoran hoy cientos de documentos que reconstruyen un pasado que se convierte en un maravilloso viaje por el recorrido del agua. Allí, cada libro, cada plano, cada documento abre alas para sobrevolar paisajes, geografías donde el agua fundó cultura, donde el agua despierta creatividad, donde se recuerda para que nada se extinga en el olvido, donde el pasado, presente y futuro del agua son parte de un ensamble de aprendizajes para irrigar la tierra y ver florecer. Aquellos caciques son parte de un pueblo vivo por la memoria. El Cabildo es referencia esencial de nuestra historia. El agua, en las formas de su presencia en nuestro suelo, es nuestra preciada identidad.

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El origen del oasis del río Diamante

Dos documentos con valor histórico que permiten viajar en el tiempo para recorrer el tramo medio del río Diamante entre los años 1898 y 1908

Se trata de los informes que elaboraron Gastón de Thuisy y Carlos Wauters, en una década que bien podría llamarse fundacional para el desarrollo demográfico y productivo del oasis sur de Mendoza.

Cada río tiene su geografía y vínculos con las distintas generaciones que a sus orillas organizaron espacios para vivir y producir. Esa conjunción, a través del tiempo, le da indentidad a su cultura del agua.

En la segunda mitad del siglo XIX, el gobierno argentino incentivó la inmigración de europeos con el objetivo de poblar y desarrollar zonas rurales del país y en Mendoza, el marco legal que otorgó la sanción de la ley de aguas en 1884 sentó las bases para administrar el recurso hídrico.

En esta época llegaron a San Rafael muchos inmigrantes europeos que se asentaron en la región, atraídos por las oportunidades de desarrollar la agricultura y especialmente en la vitivinicultura. Para estos colonos, la creación de canales de riego fue la clave que les permitió transformar tierra árida en un próspero oasis agrícola.

Este contexto histórico es el que le otoga un valor especial al informe sobre el estado de los canales y obras necesarias elaborado el entonces Subdelegado de Aguas Gastón de Thuisy y al proyecto para la regularización del regadío y desagües en la zona del río Diamante, solicitado por el Gobierno de Mendoza al Ing. Carlos Wauters.

Merece destacarse especialmente que el firmado por Thuisy en 1898 es un documento inédito, que permaneció oculto entre expedientes y que a partir de ahora forma parte del Archivo Histórico del Agua.

El Departamento General de Irrigación, a través de su área Documentación, Patrimonio Histórico y Cultura del Agua pone a disposición de interesados en la temática, historiadores, investigadores y docentes estos dos documentos en formato digital, firmados por Gastón de Thuisy en 1898 y por Carlos Wauters en 1908:

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Memorias del agua

Nos gusta decir que la historia de Mendoza está escrita con agua. Y es que todos los rincones de nuestra provincia albergan pequeños y grandes ejemplos de cómo los habitantes se esforzaron para obtener este primordial elemento indispensable para la vida, la producción y el desarrollo.
Esta memoria, mezcla de lo que la naturaleza nos dotó y lo que hicimos con ello, es nuestro paisaje cultural. Huellas a veces evidentes, otras escondidas bajo capas de tiempo y sucesos que nos relatan la memoria de Mendoza y el Agua. Es por eso que comenzamos a perfilar y revelar las historias de los vínculos e interacciones entre los habitantes de la región y el recurso hídrico, a través del tiempo.
Estos capítulos son solo retazos de las memorias de algunos tramos de nuestros ríos. Es una tarea inmensa la cual hoy comenzamos y que solo puede completarse con el aporte de la memoria de todos los mendocinos. Si tenés más información u otras historias para sumar, recibimos tu aporte en archivohistoricodelaguamza@gmail.com


Capítulo I: Resumen de noticias de los últimos 500 años con los sucesos extraordinarios que ha vivido el tramo del río Mendoza, entre la presa Potrerillos y el dique Cipolletti.


Disponible para descargar en formato PDF e imprimir en tamaño A3.


Se permite la utilización y generación de obras derivadas siempre que no se haga un uso comercial de las mismas, con la única condición de hacer referencia expresa al autor: Centro de Documentación, Cultura y Patrimonio del Agua – Departamento General de Irrigación.

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El bosque del predio de dique Cipolletti

Algo sobre su historia


El Departamento General de Irrigación, ente autónomo responsable de la gestión del agua en la Provincia, creó en 1935, dentro de su estructura, la Sección Agronómica. Tenía entre sus funciones la elaboración de un censo de cultivos, incluso los forestales y sus respectivas necesidades de agua; la divulgación de conocimientos a los regantes, etc. Asimismo llevó a cabo un Plan de Forestación. Éste consistió en la formación de bosques de álamos, olmos, acacias y sauces y otras variedades en los terrenos adyacente a los diques Cipolletti (río Mendoza), Medrano (río Tunuyán) y el Canal Zanjón (actualmente Cacique Guaymallén). Acompañó esta iniciativa también con el establecimiento de viveros y estaciones experimentales en los diques Medrano, Phillips y Cipolletti, con la finalidad de proveer de plantas a las Inspecciones de Cauce y realizar estudios sobre las mejores especies para la geografía semiárida de Mendoza (Ortega, 2021).
La coordinación política de los años treinta permitió articular esta defensa forestal con las políticas de fomento turístico. Así cuando se construyó la Hostería Dique Cipolletti (1940), espacio que contó también con un camping, los turistas pudieron recrearse no solo de las aguas sino también del hermoso bosque artificial creado tanto para su disfrute como para la protección de infraestructuras hídricas (Raffa, 2020).

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